En un paisaje global cada vez más turbulento y, a menudo, desconcertante, la noción de "resiliencia global" ha sido un faro de esperanza, una creencia subyacente en la capacidad de los sistemas, las sociedades y, en última instancia, la humanidad para absorber choques, adaptarse y recuperarse frente a adversidades. Sin embargo, en los últimos años, hemos sido testigos de una concatenación de crisis –pandemias, conflictos geopolíticos, catástrofes climáticas, polarización social y presiones económicas sin precedentes– que parecen haber empujado esta capacidad hasta sus límites, y quizás más allá. La pregunta que emerge, inquietante y persistente, es si estamos presenciando no solo el agotamiento de nuestra resiliencia, sino su fin. Es una tesis audaz, quizás incluso apocalíptica para algunos, pero no por ello menos digna de un análisis profundo y honesto. Lo que está en juego es nuestra comprensión de los desafíos futuros y nuestra habilidad para forjar caminos hacia una coexistencia sostenible en un planeta interconectado pero, paradójicamente, fragmentado. Considero que esta coyuntura nos obliga a reevaluar no solo nuestras estrategias, sino la esencia misma de cómo concebimos la fortaleza y la vulnerabilidad en la era moderna.
La era de la resiliencia y sus desafíos crecientes
Desde las crisis financieras hasta las amenazas terroristas y los desastres naturales, el siglo XXI ha estado marcado por una serie de eventos disruptivos que han puesto a prueba la estabilidad de nuestras estructuras globales. Durante mucho tiempo, la respuesta dominante ha sido la de fortalecer la resiliencia: la capacidad de un sistema, ya sea una economía, una infraestructura o una comunidad, para resistir, adaptarse y recuperarse de un shock. Se ha invertido en mecanismos de alerta temprana, diversificación de cadenas de suministro, fondos de emergencia y cooperación internacional para asegurar que, ante cualquier eventualidad, el mundo pudiera "rebotar". Esta mentalidad, arraigada en la complejidad y la interconexión global, sugirió que la adaptabilidad y la robustez eran posibles, incluso ante riesgos sistémicos. Los organismos internacionales, los gobiernos y el sector privado han trabajado incansablemente para construir redes de seguridad y planes de contingencia, aprendiendo de cada crisis para prepararse mejor para la siguiente.
Sin embargo, los desafíos que enfrentamos hoy son de una naturaleza y magnitud que superan, en muchos aspectos, los modelos y marcos de resiliencia previamente establecidos. La pandemia de COVID-19 no fue solo una crisis sanitaria, sino un catalizador que expuso y exacerbó las fragilidades preexistentes en casi todos los sistemas globales, desde la cadena de suministro de productos básicos hasta la salud mental de las poblaciones. Reveló cuán interconectados estamos y, al mismo tiempo, cuán vulnerables pueden ser esos lazos. Justo cuando comenzábamos a vislumbrar una recuperación económica, la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia desató una crisis geopolítica y humanitaria de proporciones históricas, con repercusiones en el suministro global de energía y alimentos, empujando la inflación y desestabilizando mercados ya tensos. Estos eventos no son aislados; parecen formar parte de un patrón emergente de "policrisis", donde múltiples shocks se superponen, se refuerzan mutuamente y crean un efecto dominó que desborda las capacidades de respuesta convencionales. Es mi opinión que esta superposición es el verdadero factor que está erosionando nuestra base resiliente.
Signos de fatiga: ¿Por qué la resiliencia parece disminuir?
La idea de que la resiliencia global está en declive no es una mera conjetura; existen múltiples indicadores que apuntan en esta dirección. Uno de los más evidentes es la fragmentación del orden global y la crisis del multilateralismo. Durante décadas, instituciones como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio o el Fondo Monetario Internacional han servido como pilares para la coordinación y la resolución de conflictos a escala global. No obstante, estamos viviendo una era de creciente nacionalismo, proteccionismo y una clara tendencia hacia la competencia geoestratégica sobre la cooperación. La polarización ideológica, tanto dentro de las naciones como entre ellas, dificulta la formación de consensos necesarios para abordar problemas transnacionales como el cambio climático o la prevención de pandemias. Cuando las grandes potencias no pueden ponerse de acuerdo sobre acciones conjuntas, la capacidad colectiva para responder a un shock se ve irremediablemente comprometida. Un reciente informe sobre el estado de la cooperación global, por ejemplo, destaca los desafíos crecientes para lograr acuerdos significativos.
Otro factor crucial es el agotamiento de los recursos, tanto materiales como financieros y humanos. Tras años de crecimiento económico impulsado por el consumo de recursos finitos, nos enfrentamos a escaseces crecientes de agua dulce, tierras cultivables, minerales críticos e incluso de energía a precios asequibles. Paralelamente, las finanzas públicas en muchos países están estresadas por la deuda acumulada, la inflación y la necesidad de invertir en transición energética y adaptación climática. La capacidad de los gobiernos para inyectar estímulos económicos o financiar grandes programas de recuperación, como se hizo en la crisis financiera de 2008, está disminuyendo. Además, no podemos obviar el agotamiento humano: la fatiga pandémica, el estrés derivado de la incertidumbre económica y la exposición constante a noticias de crisis están mermando la salud mental de las poblaciones, lo que a su vez afecta la productividad y la cohesión social.
Finalmente, la aceleración y superposición de las crisis, lo que algunos expertos denominan "policrisis", representa un golpe particularmente devastador para la resiliencia. No es solo que haya muchas crisis, sino que ocurren simultáneamente y sus efectos se amplifican mutuamente. Un análisis reciente del Foro Económico Mundial sobre riesgos globales subraya cómo la interacción entre el cambio climático, la inestabilidad geopolítica y la inflación crea un escenario donde la capacidad de respuesta se ve desbordada. Cuando un país tiene que lidiar simultáneamente con una sequía severa, la subida de los precios de los alimentos y una inestabilidad política interna, sus recursos y su capacidad de adaptación se estiran hasta el punto de ruptura. Ya no hay tiempo para recuperarse de una crisis antes de que la siguiente golpee, dejando cicatrices permanentes y acumulativas. Desde mi punto de vista, esta "fatiga de la crisis" es lo que realmente está minando la voluntad y los medios para reconstruir.
Consecuencias de un futuro menos resiliente
Si la hipótesis del fin de la resiliencia global se materializa, las implicaciones serían profundas y de largo alcance, alterando fundamentalmente la forma en que vivimos, trabajamos y coexistimos en el planeta. La consecuencia más inmediata sería una mayor vulnerabilidad ante choques externos. Sin las redes de seguridad y la capacidad de adaptación que antes caracterizaban la respuesta global, cualquier perturbación –ya sea un nuevo virus, un evento climático extremo, un ciberataque masivo o una interrupción importante en una cadena de suministro crítica– tendría un impacto mucho más devastador y prolongado. Las economías más pequeñas y las poblaciones más vulnerables serían las primeras y más gravemente afectadas, pero nadie estaría realmente a salvo.
En el ámbito económico, esto se traduciría en una mayor inestabilidad y un menor desarrollo. Las inversiones se volverían más arriesgadas, el comercio internacional más volátil y el crecimiento económico, en el mejor de los casos, anémico y en el peor, negativo. La pobreza y la desigualdad, que ya son problemas acuciantes a nivel global, se exacerbarían aún más, revirtiendo décadas de progreso en el desarrollo humano. Los países con menos recursos tendrían menos capacidad para proteger a sus ciudadanos, lo que llevaría a un aumento de la migración forzada y a una mayor presión sobre los recursos en los países receptores. Un informe reciente del Banco Mundial sobre perspectivas económicas ya advierte sobre un futuro de bajo crecimiento y alta incertidumbre.
Los riesgos para la estabilidad social y la seguridad también se dispararían. La frustración y el descontento derivados de la precariedad económica, la desigualdad y la falta de oportunidades pueden alimentar el populismo, el extremismo y la polarización política, llevando a conflictos internos e incluso a guerras civiles. A nivel internacional, la competición por los recursos escasos y la influencia geopolítica podría escalar, haciendo más probable el conflicto entre estados y erosionando aún más la confianza mutua. La crisis humanitaria, lejos de ser un evento excepcional, podría convertirse en la norma, con millones de personas desplazadas, desnutridas y sin acceso a servicios básicos. La incapacidad de las instituciones internacionales para actuar de manera decisiva agravaría esta situación.
Es preocupante pensar en un mundo donde la capacidad para abordar desafíos comunes se debilita. La desesperanza y el cinismo podrían asentarse, haciendo que la acción colectiva parezca una tarea hercúlea.
¿Es el fin inevitable o una llamada de atención?
A pesar del panorama sombrío, es crucial resistir la tentación del fatalismo. El reconocimiento del "fin de la resiliencia global" no debe ser interpretado como una sentencia ineludible, sino como una llamada de atención urgente y profunda para reevaluar nuestras estrategias y, quizás, la propia definición de éxito en el siglo XXI. No es el momento de la resignación, sino de la reinvención.
La primera clave para revertir esta tendencia reside en la necesidad de un nuevo paradigma: de la reacción a la anticipación. Durante demasiado tiempo, hemos operado bajo un modelo reactivo, esperando a que las crisis estallen para entonces movilizar recursos y esfuerzos de recuperación. El nuevo contexto de "policrisis" exige un enfoque proactivo, que se centre en la previsión de riesgos, la construcción de sistemas robustos y adaptativos antes de que ocurra el shock y la inversión en soluciones a largo plazo en lugar de meros parches temporales. Esto implica, por ejemplo, no solo invertir en energías renovables para mitigar el cambio climático, sino también en infraestructura que pueda soportar eventos climáticos extremos, y en sistemas alimentarios que sean resistentes a las interrupciones.
El papel de la cooperación internacional debe ser revitalizado, pero con un enfoque diferente. El multilateralismo clásico, basado en el consenso entre estados-nación, puede que no sea suficiente en un mundo tan fragmentado. Necesitamos explorar modelos de cooperación que involucren no solo a gobiernos, sino también a la sociedad civil, al sector privado, a las ciudades y a las organizaciones no gubernamentales. La diplomacia climática, por ejemplo, ha demostrado que las alianzas entre actores diversos pueden impulsar el cambio incluso cuando los acuerdos intergubernamentales son esquivos. Un análisis sobre el futuro de la cooperación multiactor explora estas nuevas dinámicas. Es mi firme creencia que sin una voluntad renovada de trabajar juntos, los desafíos serán insuperables.
La innovación y adaptabilidad a nivel local y global son igualmente esenciales. Esto no se refiere únicamente a la tecnología, sino también a la innovación social, a nuevas formas de gobernanza, a modelos económicos que prioricen la sostenibilidad sobre el crecimiento ilimitado y a la capacidad de las comunidades para autoorganizarse y apoyarse mutuamente. La "resiliencia de abajo hacia arriba" –la capacidad de las comunidades locales para responder a sus propios desafíos– es tan importante como la resiliencia de los grandes sistemas globales. Proyectos de energía comunitaria, redes de ayuda mutua y economías circulares son ejemplos de cómo la innovación puede surgir desde la base. Algunas iniciativas comunitarias ya están mostrando el camino.
Finalmente, la responsabilidad individual y colectiva juega un papel crucial. Cada ciudadano, cada empresa, cada gobierno tiene una parte en la construcción de un futuro más resiliente. Esto implica decisiones conscientes sobre el consumo, la participación cívica, la exigencia de transparencia y rendición de cuentas a nuestros líderes, y una disposición a sacrificios a corto plazo por beneficios a largo plazo. Es la suma de estas acciones, grandes y pequeñas, la que determinará si somos capaces de trascender la actual crisis de resiliencia.
En definitiva, la tesis del fin de la resiliencia global no es una condena, sino una advertencia. Nos insta a mirar con honestidad la realidad de un mundo en constante cambio y a reconocer que los enfoques del pasado pueden no ser suficientes para los desafíos del presente y el futuro. La capacidad de adaptación, la cooperación y la innovación no han desaparecido; simplemente exigen una reconfiguración radical de nuestra mentalidad y nuestras prioridades. El verdadero fin de la resiliencia solo ocurrirá si elegimos ignorar esta llamada de atención. Es nuestra elección, y la responsabilidad de ese futuro recae en cada uno de nosotros.
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