En un mundo que parecía avanzar hacia una interconexión y una paz duraderas, la realidad de las últimas décadas ha sido un crudo recordatorio de la fragilidad del equilibrio global. Las tensiones geopolíticas, que en el siglo XX culminaron en dos guerras mundiales devastadoras, han resurgido con una virulencia inesperada en el siglo XXI. Hoy, la generación Z, los jóvenes nacidos entre mediados de los 90 y principios de los 2010, se encuentra en la encrucijada de un panorama internacional cada vez más volátil. Han crecido en la era de la información, de las redes sociales y de una conciencia global sin precedentes, pero también bajo la sombra de conflictos latentes y el espectro de una escalada global. La pregunta que muchos se hacen, y que resuena con una preocupación palpable, es si esta generación, que apenas ha conocido la paz en su sentido más amplio, podría ser la primera en afrontar las consecuencias de una tercera guerra mundial. ¿Es una idea descabellada, un fatalismo exagerado, o una posibilidad que merece nuestra atención más seria? Para desentrañar esta compleja cuestión, hemos identificado seis interrogantes cruciales que, en mi opinión, configurarán el destino geopolítico del mundo para el año 2026 y, con ello, el futuro de la generación Z.
El contexto geopolítico actual: un polvorín global
El orden mundial unipolar que emergió tras el fin de la Guerra Fría se ha desintegrado, dando paso a un sistema multipolar caracterizado por la competencia entre grandes potencias y el ascenso de actores regionales con agendas cada vez más assertivas. La globalización, que prometía ser una fuerza unificadora, ha revelado también sus vulnerabilidades, desde la dependencia de cadenas de suministro hasta la propagación de crisis económicas y sanitarias. La guerra de Ucrania, en particular, ha reconfigurado el tablero geopolítico, reactivando alianzas históricas, poniendo a prueba la cohesión de organismos internacionales y desatando una carrera armamentística que no se veía en décadas. La retórica se ha endurecido, la diplomacia se ha vuelto más precaria y la capacidad de las grandes potencias para gestionar y desescalar conflictos se ha puesto en entredicho. En este entorno, donde la interdependencia convive con la desconfianza, cualquier chispa puede encender un fuego más grande. Considero que subestimar la posibilidad de una escalada es pecar de ingenuidad.
La fragmentación del orden internacional
Lo que alguna vez fue visto como un esfuerzo concertado hacia un orden basado en reglas, hoy se percibe más bien como una lucha de intereses en la que cada nación, o bloque de naciones, busca maximizar su influencia. La legitimidad de instituciones como las Naciones Unidas se ve constantemente desafiada por vetos y la incapacidad de actuar de forma decisiva ante crisis humanitarias o agresiones militares. La confianza en los tratados internacionales y las normas de derecho internacional se erosiona cuando potencias clave parecen ignorarlas impunemente. Esta fragmentación no solo se manifiesta en el ámbito diplomático, sino también en el económico, con el surgimiento de bloques comerciales rivales y una creciente tendencia al "de-risking" o incluso al "decoupling" en sectores estratégicos. La idea de un destino compartido, que impulsó la creación de muchas de estas instituciones, parece haber dado paso a una visión más nacionalista y de suma cero.
Nuevos actores y viejas tensiones
Mientras que el foco a menudo se centra en la relación entre Estados Unidos, China y Rusia, no podemos ignorar el creciente peso de potencias intermedias y actores no estatales. Países como India, Brasil, Sudáfrica, Turquía o Arabia Saudita están forjando sus propias vías, a menudo desafiando las alineaciones tradicionales. Además, grupos terroristas, redes criminales transnacionales y milicias con capacidad de desestabilización regional, así como la influencia de grandes corporaciones tecnológicas, añaden capas de complejidad a un paisaje ya intrincado. Las tensiones históricas en regiones como Oriente Medio, el Cáucaso o el Cuerno de África, que parecían contenidas o mitigadas, han vuelto a brotar con renovada fuerza, demostrando que las heridas del pasado son difíciles de cerrar. Es en este crisol de interacciones donde la posibilidad de errores de cálculo se multiplica exponencialmente.
Las 6 preguntas clave para 2026 que determinarán el destino de la generación Z
1. ¿Lograrán las potencias tradicionales contener la escalada en Europa del este?
La guerra en Ucrania representa el conflicto más grave en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial y un punto de inflexión en las relaciones entre Rusia y Occidente. La determinación de Ucrania de defender su soberanía, el apoyo militar y económico de la OTAN y la Unión Europea, y la reacción de Rusia han creado un punto de no retorno. La pregunta clave para 2026 es si el conflicto logrará estabilizarse, ya sea mediante un alto el fuego duradero o una victoria decisiva de una de las partes, sin que se extienda a otros países de la región. La posibilidad de un incidente, intencionado o no, que involucre a miembros de la OTAN, es una preocupación constante. Los desafíos para Rusia, tanto económicos como militares, son inmensos, pero su capacidad de escalar la confrontación, incluyendo el uso de armamento nuclear táctico, sigue siendo una amenaza latente. Por otro lado, la unidad y la resolución de Occidente serán puestas a prueba por el desgaste económico y la fatiga pública. En mi opinión, una contención exitosa dependerá no solo de la capacidad militar, sino de una diplomacia inteligente y de un canal de comunicación, por precario que sea, que evite los malentendidos catastróficos. La situación en los Balcanes, la tensión en el Báltico y las ambiciones de Moldavia también son focos de atención. Para una visión más profunda sobre la situación en la región, el European Council on Foreign Relations ofrece análisis detallados.
2. ¿Podrá la tensión en el indo-pacífico evitar un conflicto abierto por Taiwán?
El Estrecho de Taiwán es, sin duda, el epicentro de una de las rivalidades geopolíticas más peligrosas del siglo XXI: la de Estados Unidos y China. La aspiración de Pekín a la reunificación con Taiwán, considerada una provincia rebelde, choca directamente con el compromiso no oficial de Washington de defender la democracia de la isla. Las implicaciones económicas de un conflicto por Taiwán serían catastróficas a nivel global, dada su posición dominante en la fabricación de semiconductores avanzados. Para 2026, la evolución de la retórica, los ejercicios militares en la región y las decisiones políticas en Taipei, Pekín y Washington serán determinantes. ¿Podrán los canales diplomáticos y las complejas interdependencias económicas prevalecer sobre las ambiciones territoriales y las garantías de seguridad? En mi opinión, ambos lados tienen mucho que perder, lo que paradójicamente podría ser un factor disuasorio. Sin embargo, un error de cálculo o un incidente menor podrían tener consecuencias desproporcionadas. El fortalecimiento de alianzas como AUKUS (Australia, Reino Unido, Estados Unidos) y el Quad (Estados Unidos, India, Japón, Australia) subraya la intensificación de esta competencia. Pueden encontrar más información sobre las dinámicas en esta región en el Council on Foreign Relations.
3. ¿Se estabilizará oriente medio o veremos nuevas conflagraciones regionales?
Oriente Medio ha sido durante décadas un crisol de conflictos, con dinámicas complejas que involucran a potencias regionales (Irán, Arabia Saudita, Israel, Turquía) y globales. Los conflictos de baja intensidad y las guerras subsidiarias han sido la norma. Sin embargo, la reciente escalada entre Israel y Hamás, con implicaciones directas para la seguridad regional y la estabilidad del mercado energético global, ha demostrado que la región sigue siendo un foco de alta peligrosidad. La cuestión para 2026 es si los esfuerzos diplomáticos por contener el conflicto actual, o incluso por lograr una paz duradera, tendrán éxito, o si, por el contrario, veremos un efecto dominó que desestabilice aún más a los vecinos. La relación entre Irán y sus adversarios, el futuro de Siria, la situación en el Líbano y la resiliencia de los frágiles Estados de la región son factores críticos. Es plausible pensar que la interconectividad de los conflictos en esta zona hace que cualquier movimiento brusco tenga repercusiones impredecibles. La diplomacia del acuerdo de los acuerdos de Abraham, aunque prometedora, no ha eliminado los riesgos subyacentes. El informe del International Crisis Group sobre Oriente Medio y el norte de África ofrece análisis relevantes.
4. ¿Qué papel jugarán las nuevas tecnologías, como la IA y la ciberseguridad, en la prevención o aceleración de conflictos?
La revolución tecnológica, impulsada por la inteligencia artificial (IA), la computación cuántica y la biotecnología, está transformando todos los aspectos de la sociedad, incluida la guerra. La IA en particular plantea un dilema ético y estratégico: ¿será una herramienta para la toma de decisiones más eficiente y la reducción de bajas, o acelerará la proliferación de armas autónomas letales ("killer robots") que podrían reducir el umbral para el conflicto? La ciberseguridad ya es un campo de batalla invisible donde los ataques pueden paralizar infraestructuras críticas, interferir en elecciones y desestabilizar economías sin disparar un solo tiro. Para 2026, la regulación y la gobernanza de estas tecnologías serán fundamentales. ¿Se establecerán normas internacionales que limiten su uso ofensivo, o veremos una carrera armamentística digital sin control? Mi opinión es que la velocidad del avance tecnológico supera la capacidad de los marcos legales y éticos actuales, lo que nos deja en una zona de incertidumbre muy peligrosa. La desinformación y la manipulación a través de redes sociales, amplificadas por IA, también tienen el potencial de polarizar sociedades y exacerbar tensiones internas, facilitando así la intervención externa o la implosión de Estados. Pueden explorar más sobre este tema en el informe del Foro Económico Mundial sobre inteligencia artificial.
5. ¿Conseguirán los organismos internacionales y la diplomacia multilateral recuperar su influencia?
El sistema de gobernanza global, basado en instituciones como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio o el Fondo Monetario Internacional, ha mostrado signos de fatiga y obsolescencia. La capacidad de estas organizaciones para mediar en conflictos, hacer cumplir el derecho internacional o coordinar respuestas a desafíos globales (como el cambio climático o las pandemias) se ha visto seriamente mermada por el veto de las grandes potencias, la parálisis burocrática y la erosión de la confianza. Para 2026, la pregunta es si estas instituciones podrán reformarse y adaptarse a la nueva realidad multipolar, o si su irrelevancia continuará profundizándose. Si la diplomacia multilateral falla, las opciones para resolver disputas de manera pacífica se reducirán drásticamente, aumentando el riesgo de confrontación directa. Considero que la ausencia de un foro neutral y eficaz para el diálogo entre grandes potencias es uno de los mayores peligros actuales. La reforma del Consejo de Seguridad de la ONU es un debate pendiente y crucial. El sitio web oficial de las Naciones Unidas ofrece una perspectiva sobre sus desafíos y esfuerzos.
6. ¿Estará la resiliencia económica global a la altura de las crecientes presiones?
La economía global ha demostrado ser sorprendentemente resiliente frente a shocks como la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania. Sin embargo, las presiones inflacionarias, el aumento de las tasas de interés, la inestabilidad en las cadenas de suministro y el creciente nivel de deuda pública en muchos países plantean serias dudas sobre su capacidad para absorber nuevos golpes. Un conflicto global tendría ramificaciones económicas devastadoras: disrupciones masivas en el comercio, crisis energéticas, escasez de alimentos y una recesión global sin precedentes. Para 2026, la capacidad de las economías para gestionar estas presiones, evitar crisis financieras sistémicas y asegurar el acceso a recursos vitales será un factor crucial para la estabilidad global. Cuando las economías flaquean, la frustración social y la inestabilidad política aumentan, creando un terreno fértil para el extremismo y el conflicto. En mi opinión, la interconexión económica, aunque también una fuente de vulnerabilidad, ha actuado hasta ahora como un freno para las hostilidades a gran escala, dado el coste mutuo. Pero, ¿hasta dónde se estirará esa cuerda antes de romperse? La capacidad de los bancos centrales para pilotar esta situación sin precedentes es fundamental.
El papel de la generación Z en este escenario
La generación Z, la primera generación global en el sentido más puro, está más informada y conectada que cualquier otra antes que ella. Han crecido con acceso instantáneo a noticias y a una diversidad de perspectivas, lo que les confiere una conciencia social y política aguda. Son testigos directos de las crecientes tensiones y de la ineficacia, a menudo, de las soluciones tradicionales. Su futuro, en términos de oportunidades laborales, seguridad y calidad de vida, está intrínsecamente ligado a la resolución de estas preguntas. No son meros espectadores; su voz, su activismo digital y su participación en la política, tanto a nivel local como global, pueden ser decisivos. Si bien pueden sentirse abrumados por la magnitud de los desafíos, también poseen una capacidad única para movilizarse, demandar transparencia y empujar hacia soluciones innovadoras. La resiliencia de esta generación, forjada en la era de la incertidumbre, será su mayor activo.
Conclusiones: la encrucijada de 2026
Las seis preguntas clave para 2026 no tienen respuestas sencillas ni garantizadas. Representan puntos de inflexión que determinarán si el mundo avanza hacia una mayor estabilidad o se precipita hacia una era de conflictos globales. La generación Z se encuentra en el umbral de una década que podría definir su existencia de manera fundamental. No se trata de caer en el alarmismo, sino de reconocer la seriedad del momento histórico. La posibilidad de una tercera guerra mundial, aunque impensable para muchos, no puede ser descartada como una mera fantasía distópica. La historia nos enseña que los conflictos a menudo surgen de la confluencia de tensiones acumuladas, errores de cálculo y la erosión de los mecanismos de paz. Es responsabilidad de los líderes actuales, pero también de cada ciudadano, comprender estas dinámicas, exigir transparencia y abogar por la diplomacia, la cooperación y soluciones creativas. El destino de la generación Z y, de hecho, el de la humanidad, podría depender de cómo respondamos a estas preguntas en los próximos años.