El mundo estaba harto de depender de TSMC para fabricar todos sus chips: La gran resurrección de Intel
Durante la última década, el nombre TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company) ha pasado de ser una curiosidad de la industria tecnológica a un pilar fundamental, casi mitológico, de la economía global. Sus fábricas en Taiwán se convirtieron en el corazón latente que impulsaba desde los teléfonos inteligentes más avanzados hasta los centros de datos que sostienen internet. La concentración de esta capacidad crítica en una sola entidad y, más importante aún, en una única región geopolítica sensible, era una situación que el mundo toleraba, pero de la que progresivamente se iba hartando. La pandemia de COVID-19, con sus interrupciones en la cadena de suministro, las tensiones geopolíticas crecientes y la constante amenaza de eventos naturales o conflictos, no hizo más que poner de manifiesto la extrema fragilidad de esta dependencia. En este escenario de ansiedad global por la resiliencia y la autonomía tecnológica, ha surgido una figura que, aunque antaño fue un gigante algo dormido, hoy se presenta como el principal catalizador de un cambio profundo: Intel. Su 'resurrección' no es solo una historia corporativa de superación, sino una respuesta directa a una necesidad global urgente de diversificación.