Nos quejábamos de Siri AI pero el tremendo tortazo de Bruselas también se lo acaba de llevar Google

¿Recuerdan aquellos tiempos no tan lejanos en los que la frustración colectiva con la inteligencia artificial se resumía en un exasperado: "Siri, ¿por qué no me entiendes?" o "Alexa, ¿me estás escuchando realmente?". Nos quejábamos de la imperfección, de la falta de "inteligencia" en estos asistentes, y el debate giraba en torno a la conveniencia de su presencia constante en nuestras vidas, su capacidad para comprender el lenguaje natural y la privacidad de nuestros datos. Eran quejas, sin duda, válidas y precursoras de un escrutinio más profundo, pero quizás algo ingenuas si las comparamos con los desafíos estructurales y regulatorios que las grandes tecnológicas están enfrentando hoy día. La conversación ha evolucionado drásticamente, y ahora, el foco se ha desplazado de la frustración del usuario individual con un asistente de voz a la preocupación de los reguladores por la competencia, la dominación del mercado y el poder casi hegemónico de gigantes como Google. Si antes nos sentíamos un poco ridículos al gritarle al móvil, ahora es Google quien, metafóricamente, se acaba de llevar un tremendo tortazo en Bruselas, uno que resuena mucho más allá de la mera capacidad de su IA para entender un comando de voz. Es un golpe que no solo impacta su operativa en Europa, sino que establece un precedente global sobre cómo se debe —y se puede— regular el vasto y complejo ecosistema digital.

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