La esfera pública, ese espacio de ideas, debates y decisiones que moldea nuestras sociedades, rara vez es percibida como un refugio de la cordura o la tranquilidad. De hecho, para muchos, se ha convertido en un auténtico campo de batalla donde la lógica a menudo se disipa en favor de la pasión, el interés o el conflicto. En este contexto, la afirmación de Toni Roldán, economista y exportavoz económico de Ciudadanos en el Congreso, resuena con una crudeza que invita a la reflexión profunda: "Hay que estar muy loco para meterse en política". Esta frase, más allá de ser una mera provocación, encapsula un sentimiento extendido no solo entre la ciudadanía, sino también, y quizás con más intensidad, entre aquellos que han vivido la política desde dentro. ¿Es la política un terreno exclusivo para los "locos", o es esta "locura" una faceta indispensable para aquellos que se atreven a soñar con transformar la realidad? Analicemos esta poderosa declaración y lo que implica para el futuro de nuestra democracia.
La provocadora afirmación de Toni Roldán
Cuando Toni Roldán, una figura que en su momento representó una de las caras más técnicas y moderadas de un partido que aspiraba a la centralidad, pronuncia una frase de tal calibre, no podemos simplemente desecharla como el desahogo de un ex-político desilusionado. Su trayectoria en el ámbito académico y económico, sumada a su paso por el poder legislativo, le otorga una perspectiva única, una visión "desde las trincheras" que merece nuestra atención. La "locura" a la que se refiere Roldán no es, obviamente, una patología clínica, sino una metáfora poderosa que alude a la extraordinaria resiliencia, la particular mentalidad o, quizás, la inquebrantable fe que se necesita para navegar las turbulentas aguas de la política.
Pensemos en los sacrificios inherentes a la vida pública. El político contemporáneo está sometido a un escrutinio constante, una exposición mediática y social que se extiende las 24 horas del día, los siete días de la semana. Cada declaración, cada gesto, cada acción es analizada, desmenuzada y a menudo distorsionada. La privacidad desaparece casi por completo, y la vida personal se convierte en dominio público, vulnerable a ataques y juicios sumarios. Las redes sociales, por ejemplo, han magnificado esta realidad hasta límites insospechados, creando un ecosistema de crítica implacable y polarización que puede ser devastador para la salud mental y emocional de cualquier individuo.
Además, la política no es un terreno donde las victorias sean limpias o las recompensas inmediatas. Es un mundo de compromisos, de negociaciones interminables, de reveses inesperados y de frustraciones recurrentes. Las grandes reformas rara vez se logran de la noche a la mañana, y el impacto real de muchas decisiones se diluye en el largo plazo, lejos de los focos mediáticos. En este entorno, la capacidad de mantener la motivación, de perseverar ante la adversidad y de seguir creyendo en el proyecto político, a pesar de las críticas feroces y la lenta marcha de los cambios, podría ser interpretada, desde una perspectiva externa, como una forma de "locura" o, al menos, como una testarudez que desafía la lógica común. Mi opinión es que, aunque la expresión "loco" pueda sonar extrema, subraya con acierto el extraordinario temple que se requiere para dedicarse al servicio público en la actualidad.
Para comprender mejor el contexto de Toni Roldán y su trayectoria, es útil consultar su perfil o sus contribuciones en instituciones como EsadeGeo (Perfil de Toni Roldán en Esade), donde actualmente ejerce como director de políticas públicas. Su transición del activismo político a la academia y el análisis es significativa.
El complejo atractivo del servicio público
A pesar de la supuesta "locura" que implica, la política sigue atrayendo a personas, a menudo brillantes y con profundas convicciones. ¿Qué es lo que impulsa a estos individuos a meterse en un lodazal que Roldán describe de forma tan vehemente?
Motivaciones: ¿vocación o idealismo?
Para muchos, el motor principal es una vocación genuina de servicio público, un deseo ardiente de mejorar la vida de sus conciudadanos. Estos individuos a menudo llegan a la política con una visión clara de cómo quieren transformar la sociedad, impulsados por ideales de justicia, equidad o progreso. Creen firmemente en el poder de las políticas públicas para generar un impacto positivo y están dispuestos a invertir tiempo, energía y, sí, su salud mental y emocional en esa causa. Esta es una forma de "locura idealista", una fe casi ciega en la capacidad de la política para ser un instrumento de bien.
Otros pueden ser atraídos por la oportunidad de influir en decisiones de gran calado, de estar en el centro del debate, de dejar una huella en la historia. Para algunos, la política es una extensión natural de su compromiso cívico, la culminación de años de activismo o de trabajo en la sociedad civil. También es cierto que existen motivaciones menos altruistas, como el deseo de poder, de reconocimiento o de avance profesional, pero incluso en estos casos, la entrada en la política implica asumir riesgos y enfrentar desafíos que pocos están dispuestos a afrontar.
La cruda realidad del poder
Sin embargo, una vez dentro, la realidad del poder rara vez se ajusta a las expectativas iniciales. La política es el arte de lo posible, un constante ejercicio de negociación y compromiso. Las decisiones se toman en un entramado complejo de intereses contrapuestos, presiones partidistas, limitaciones presupuestarias y consensos difíciles de alcanzar. El político se encuentra a menudo atrapado entre la lealtad a sus principios, la disciplina de partido y las demandas de sus votantes, una situación que puede generar una tensión interna considerable.
Además, la exposición mediática no solo implica críticas, sino también la obligación de rendir cuentas de forma constante. Los errores se magnifican, los éxitos se minimizan, y la verdad a menudo se sacrifica en el altar de la narrativa política o la confrontación partidista. La vida en el ojo público puede ser agotadora, llevando a muchos a cuestionar si el precio personal que se paga vale la pena el impacto que se logra. Un artículo que analiza la salud mental de los políticos puede ofrecer una perspectiva interesante sobre este aspecto: El estrés que conlleva la política: la cara oculta del poder.
Radiografía del político contemporáneo
La descripción de Roldán nos obliga a preguntarnos qué tipo de perfil se necesita para sobrevivir y, si es posible, prosperar en el ámbito político actual. ¿Qué habilidades se requieren para no sucumbir a la "locura" o, quizás, para abrazarla y transformarla en motor de cambio?
Las habilidades necesarias
Más allá de la inteligencia y el conocimiento técnico, el político moderno debe poseer un conjunto de habilidades blandas excepcionales. La resiliencia es, sin duda, la más crucial. La capacidad de encajar golpes, de levantarse después de cada caída, de mantener el rumbo a pesar de las críticas y los reveses, es fundamental. La comunicación efectiva, tanto en público como en privado, es otra piedra angular, así como la habilidad para negociar, construir consensos y manejar conflictos.
La empatía, la capacidad de comprender y conectar con las preocupaciones de los ciudadanos, es vital para evitar la desconexión que a menudo se achaca a la clase política. Sin embargo, esta empatía debe ir acompañada de una "piel gruesa" que permita al político filtrar el ruido y centrarse en lo esencial, sin dejarse abrumar por el aluvión de ataques personales. El pensamiento estratégico, la visión a largo plazo y la capacidad de adaptarse a un entorno cambiante completan el perfil de un político eficaz. No solo se trata de ser inteligente, sino de ser emocionalmente robusto y adaptable.
El coste personal y profesional
El coste de la política no solo se mide en términos de reputación o de salud mental. La vida personal del político se ve drásticamente alterada. Las relaciones familiares y de amistad pueden sufrir las consecuencias de la falta de tiempo, la exposición pública y la presión constante. Los hobbies y las actividades de ocio a menudo se sacrifican en el altar de la agenda política, que no conoce horarios ni días festivos.
Desde el punto de vista profesional, el regreso a la vida "normal" después de un periodo en política puede ser complicado. La etiqueta de "ex-político" a menudo precede al currículum, y la reinserción en el sector privado o académico puede requerir un esfuerzo considerable. La posibilidad de que la carrera política termine abruptamente, ya sea por una derrota electoral o por una crisis interna, añade una capa de incertidumbre y riesgo que pocas profesiones presentan. Es un salto al vacío, una apuesta que implica un gran riesgo personal y profesional.
Este dilema de si compensa el sacrificio personal por el bien público es un tema recurrente. La Fundación Civismo ha abordado en diversas ocasiones la importancia del servicio público y sus implicaciones: Fundación Civismo.
La percepción pública y el dilema democrático
La frase de Roldán resuena con particular fuerza en un momento de creciente desconfianza y desafección hacia la política en muchas democracias occidentales.
El desencanto con la clase política
El "Hay que estar muy loco para meterse en política" no solo refleja la experiencia interna, sino que también capta la frustración externa. Muchos ciudadanos perciben la política como un juego de poder, de intereses egoístas y de promesas incumplidas. Los escándalos de corrupción, la polarización extrema, la incapacidad de alcanzar acuerdos y la sensación de que los políticos están desconectados de los problemas reales de la gente, han erosionado la confianza en las instituciones democráticas.
Este desencanto es un ciclo vicioso: a mayor desconfianza, menor participación ciudadana y menor atractivo de la política para individuos competentes y éticos. Si la percepción es que la política es un lugar para "locos" o, peor aún, para corruptos o incompetentes, las personas más preparadas y con más integridad tenderán a mantenerse al margen, lo que a su vez perpetúa el problema. Como sociedad, debemos ser conscientes de que este cinismo, aunque comprensible, puede tener consecuencias devastadoras para la calidad de nuestra representación política.
La necesidad imperativa de talento en política
Y aquí radica el gran dilema democrático: si la política es vista como un terreno inhóspito para la gente "normal" o "sana", ¿quiénes quedarán para liderar? Necesitamos desesperadamente mentes brillantes, gestores eficientes, negociadores hábiles y, sobre todo, personas íntegras y con principios firmes al frente de nuestras instituciones. La complejidad de los desafíos globales y nacionales (cambio climático, crisis económicas, desigualdades sociales, avances tecnológicos) exige una clase política de primer nivel.
Si el "coste" de la política es demasiado alto, corremos el riesgo de que solo los más osados, los más ambiciosos o, paradójicamente, los que menos tienen que perder (profesionalmente o en reputación) sean los que den el paso. Esto no solo empobrece el debate público, sino que puede comprometer la calidad de las decisiones que afectan a millones de personas. Un análisis sobre la calidad de la democracia y la participación política es crucial: Democracy Snapshot.
Superando la "locura": Hacia una política más atractiva y efectiva
La afirmación de Roldán no debe ser una invitación a la resignación, sino un potente estímulo para reflexionar sobre cómo podemos mejorar nuestra política y hacerla más atractiva para el talento y la ética.
Reformas institucionales y éticas
Una parte de la solución reside en reformas institucionales que aumenten la transparencia y la rendición de cuentas, que reduzcan las oportunidades de corrupción y que establezcan mecanismos claros para la toma de decisiones. Es fundamental fortalecer las instituciones democráticas, garantizar la independencia judicial y promover códigos éticos rigurosos para los cargos públicos. La reducción de la polarización, fomentando el diálogo y el consenso sobre cuestiones de Estado, también contribuiría a crear un entorno más constructivo.
El papel de la ciudadanía
Pero la responsabilidad no recae únicamente en las instituciones. La ciudadanía tiene un papel crucial. Un electorado más informado y crítico, que valore la integridad y la competencia por encima del populismo o la retórica divisiva, puede generar una demanda de políticos de mayor calidad. El compromiso cívico, la participación en el debate público y el apoyo activo a aquellos líderes que demuestran principios y un verdadero deseo de servicio, son esenciales. Dejar de lado el cinismo y adoptar una actitud más constructiva y exigente puede ser el primer paso para atraer a las personas que necesitamos. El Instituto para la Gobernanza y el Desarrollo Social (IGDS) aborda a menudo estos temas en sus publicaciones: Instituto para la Gobernanza y el Desarrollo Social.
Además, iniciativas para fomentar la educación cívica y la participación de los jóvenes en política son vitales. Si las nuevas generaciones crecen con una visión negativa y desinteresada de la política, el problema de atraer talento solo se agravará. Programas que muestren el impacto positivo de la política y que destaquen la importancia del servicio público pueden inspirar a futuros líderes. La política no debería ser un coto cerrado, sino un espacio accesible y atractivo para aquellos que tienen ideas y ganas de trabajar por el bien común, como se argumenta en muchos foros de reflexión sobre el futuro de la democracia: Política Exterior.
Conclusión
La provocadora frase de Toni Roldán, "Hay que estar muy loco para meterse en política", es un espejo que nos muestra las tensiones y los desafíos de la vida pública en el siglo XXI. No es un juicio de valor sobre la sanidad mental de los políticos, sino una poderosa metáfora sobre el extraordinario temple, la resiliencia y la inquebrantable determinación que se requieren para navegar en este complejo y a menudo ingrato entorno.
Si bien la "locura" puede ser interpretada como un idealismo desmedido o una tenacidad a prueba de bombas, también puede ser un síntoma de un sistema que exige demasiado de sus servidores y que a menudo ahuyenta a los más capaces. La cuestión fundamental no es si los políticos están "locos", sino cómo podemos crear un sistema político que atraiga y retenga a las personas más íntegras, competentes y éticas. Para ello, necesitamos reformas institucionales que aumenten la transparencia y la rendición de cuentas, así como una ciudadanía más activa, crítica y comprometida. Solo así podremos transformar la "locura" en una audacia necesaria para construir un futuro mejor.
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