La música actual es más simple, y el 'streaming' no es el único culpable: un análisis profundo

Desde hace tiempo, muchos aficionados a la música, críticos y hasta músicos han compartido una misma sensación, casi una corazonada: la música que escuchamos hoy en día parece, en general, más sencilla. Más directa, quizás; pero también, en ocasiones, menos rica en matices armónicos, melódicos o rítmicos. Lo que durante años ha sido una conversación informal, un debate en redes sociales o un lamento entre entendidos, ahora encuentra un respaldo significativo en el ámbito académico. Un reciente estudio, exhaustivo en su metodología y ambicioso en su alcance temporal, no solo ha confirmado esta percepción generalizada, sino que también ha comenzado a desentrañar la compleja red de factores que contribuyen a este fenómeno. Y si bien las plataformas de streaming son un actor principal en este drama, no son el único villano de la historia. Sumerjámonos en las profundidades de esta investigación para entender qué está sucediendo con el panorama musical contemporáneo y qué implicaciones tiene para el futuro de nuestra cultura sonora.

La intuición convertida en ciencia: ¿qué dice el estudio?

La música actual es más simple, y el 'streaming' no es el único culpable: un análisis profundo

El estudio en cuestión, que ha analizado una vasta base de datos de canciones que abarcan varias décadas –desde mediados del siglo XX hasta la actualidad–, empleó herramientas de procesamiento de señales y análisis computacional para medir la complejidad musical en diversas dimensiones. Los investigadores no solo se centraron en las melodías o las letras, sino que también desglosaron aspectos como la progresión armónica, el rango dinámico, la variedad tímbrica y la estructura rítmica. La premisa era clara: si la música moderna es realmente más simple, debería ser posible cuantificar esta simplificación a través de datos objetivos.

Y los resultados son, para muchos, el reflejo exacto de lo que ya intuían. Se ha observado una tendencia decreciente en la complejidad armónica, con una menor variedad de acordes utilizados y progresiones más predecibles que se repiten con mayor frecuencia. La diversidad melódica también ha disminuido, evidenciando líneas vocales más directas y con menos ornamentación, a menudo con un enfoque en la inmediatez de un estribillo pegadizo. En cuanto al rango dinámico, la música actual tiende a ser "más ruidosa" y con menos contraste entre las secciones suaves y fuertes, un fenómeno conocido como la "loudness war" o guerra del volumen, que busca hacer que las canciones destaquen en cualquier entorno de escucha, sacrificando a menudo la expresividad.

En mi opinión, estos hallazgos son importantes porque validan una experiencia subjetiva con una base empírica sólida. No se trata de un simple "antes todo era mejor", sino de una constatación basada en datos que nos invita a reflexionar sobre las causas y las consecuencias de esta evolución. Es una llamada de atención para quienes creamos, consumimos y promovemos la música.

Métricas de simplificación musical

Para entender mejor cómo se ha cuantificado esta simplificación, es útil desglosar algunas de las métricas clave:

  • Armonía: Se analizó el número de acordes diferentes utilizados en una canción y la complejidad de sus progresiones. Los resultados muestran una preferencia por estructuras armónicas más básicas y repetitivas (por ejemplo, progresiones I-V-vi-IV en el pop o blues de doce compases llevados al extremo).
  • Melodía: Aquí se evaluó la amplitud del rango tonal de las melodías vocales e instrumentales, así como la originalidad y la complejidad de los patrones melódicos. Se detectó una tendencia a melodías más lineales y menos saltos interválicos amplios, facilitando la memorización instantánea.
  • Dinámica: El estudio midió la diferencia entre las partes más suaves y más fuertes de una canción. La reducción de este rango dinámico hace que la música suene constantemente a un volumen similar, perdiendo el impacto emocional que pueden generar los contrastes. Puede leer más sobre este fenómeno en artículos especializados sobre la "loudness war", como los publicados en sitios de ingeniería de audio o en esta exploración de MusicRadar.
  • Timbre y instrumentación: Aunque más complejo de cuantificar, se observó una homogeneización en el uso de ciertos sonidos y texturas instrumentales, a menudo impulsada por la popularidad de plugins y presets específicos en los programas de producción musical.
  • Estructura y ritmo: Aunque no tan drástico como en otros aspectos, también se identificó una tendencia hacia estructuras más predecibles (verso-pre-estribillo-estribillo) y patrones rítmicos simplificados que priorizan el groove constante sobre la experimentación.

El papel del 'streaming': ¿culpable o cómplice?

Una de las primeras ideas que surge al discutir este tema es la influencia del streaming. Las plataformas digitales, con sus algoritmos de recomendación y su modelo de negocio centrado en las reproducciones, han transformado radicalmente la forma en que consumimos y, por ende, creamos música.

Los algoritmos de streaming están diseñados para maximizar la retención del usuario y el tiempo de escucha. Esto a menudo se traduce en una preferencia por la música familiar, accesible y que se ajusta a patrones ya establecidos. Las canciones que son instantáneamente pegadizas, con estructuras claras y estribillos repetitivos, tienen una mayor probabilidad de ser añadidas a listas de reproducción, de ser recomendadas por los algoritmos y, en última instancia, de generar más reproducciones y, por lo tanto, más ingresos para los artistas y las discográficas. Esto crea una suerte de "bucle de retroalimentación" donde la simplicidad es recompensada. Si bien es innegable que plataformas como Spotify o Apple Music han democratizado el acceso a la música como nunca antes, también han instaurado una economía de la atención donde cada segundo cuenta.

La "economía de la atención" y el algoritmo

En la era del streaming, los artistas ya no solo compiten por ser escuchados, sino por mantener la atención del oyente en un mar inagotable de opciones. Los primeros 15-30 segundos de una canción son cruciales para determinar si un oyente seguirá escuchando o pasará a la siguiente. Esto presiona a los creadores a ir directamente al grano, a menudo sacrificando introducciones complejas o desarrollos lentos en favor de un impacto inmediato. Los ganchos melódicos y rítmicos deben ser evidentes desde el principio, y la canción debe mantener un nivel de energía constante para evitar que el algoritmo la considere poco atractiva. Un interesante análisis sobre cómo los algoritmos de plataformas como Spotify influyen en la creación musical puede encontrarse en publicaciones como las de The Verge sobre su impacto en la industria.

Además, el modelo de monetización, donde las ganancias por reproducción son bajas, impulsa a los artistas a producir un mayor volumen de música. Esto, sumado a la presión por mantenerse relevantes en un mercado saturado, puede llevar a una menor experimentación y a la repetición de fórmulas exitosas, contribuyendo a la homogeneización sonora.

Más allá del 'streaming': otros factores en la ecuación

Sería demasiado simplista culpar únicamente al streaming. La realidad es que la simplificación musical es un fenómeno multifactorial, producto de una interacción compleja entre la tecnología, el mercado, la cultura y la evolución del oyente.

El impacto de la tecnología en la creación musical

La revolución de la producción musical digital ha democratizado el proceso de creación. Hoy en día, cualquiera con un ordenador y un software de estación de trabajo de audio digital (DAW) puede producir música con calidad de estudio. Esto es, sin duda, una bendición para la creatividad y la accesibilidad. Sin embargo, también tiene su lado B.

La proliferación de presets, loops prefabricados y funciones de cuantificación automática en los DAWs, si bien facilitan la creación para los menos experimentados, también pueden incentivar la uniformidad. Es fácil caer en la tentación de usar los mismos sonidos de sintetizador o las mismas progresiones de acordes que vienen por defecto o que son populares, en lugar de explorar nuevas texturas y armonías. Herramientas como el autotune, pensadas para corregir, han pasado a ser elementos estilísticos, a veces en detrimento de la expresividad vocal natural. La tecnología nos ofrece un abanico de posibilidades, pero su uso no siempre se orienta hacia la complejidad o la originalidad. Para entender mejor la evolución de estas herramientas, se puede consultar el trabajo de sitios especializados en producción como Sound On Sound.

La evolución del oyente

Nuestros hábitos de escucha también han cambiado drásticamente. En una era de sobreestimulación constante y consumo de contenido rápido (TikTok, YouTube Shorts), la capacidad de atención ha disminuido. La música a menudo se consume como banda sonora para otras actividades (estudiar, trabajar, hacer ejercicio) en lugar de ser el foco principal de atención. Esto favorece la música que no exige una escucha profunda, que es agradable y predecible. La música compleja, que requiere varias escuchas para ser apreciada plenamente, puede encontrar dificultades para captar a un público acostumbrado a la gratificación instantánea. Este cambio en el comportamiento del oyente es un factor cultural importante que contribuye a la demanda de simplicidad.

Mercado, comercialización y ciclos culturales

La industria musical, siempre en busca del próximo gran éxito, ejerce una presión considerable sobre los artistas y productores para que se ciñan a fórmulas probadas. Las discográficas invierten en lo que creen que funcionará, y lo que funciona a menudo es lo que ya ha demostrado ser popular y accesible. Esto puede llevar a la repetición de géneros y estilos, y a una aversión al riesgo creativo.

Además, no podemos ignorar la influencia de ciertos géneros musicales que, por su propia naturaleza estilística, tienden a ser más rítmicos y melódicos que armónicamente complejos. El auge global del hip-hop, el reggaeton y otros géneros de música urbana, si bien son ricos en innovación rítmica y lírica, a menudo utilizan progresiones armónicas más sencillas y repetitivas. Esto no es una crítica a su valor artístico, sino una observación de cómo su éxito masivo contribuye a la estadística general de simplificación armónica. Es parte de un ciclo cultural. A veces, la simplicidad es el vehículo perfecto para la expresión directa y el impacto cultural.

¿Es la simplicidad algo inherentemente negativo?

Es fundamental matizar que la simplicidad musical no es, por sí misma, un indicador de baja calidad. De hecho, muchas de las obras más bellas y perdurables de la historia de la música son engañosamente simples. Pensemos en una melodía folk, una canción de cuna o incluso en ciertos géneros como el blues o el punk rock, donde la fuerza reside en la inmediatez y la emoción cruda, no en la complejidad armónica. La repetición, si se usa con maestría, puede ser hipnótica y profundamente efectiva, creando una conexión visceral con el oyente.

El problema surge cuando la simplicidad es el resultado de la falta de exploración, la comodidad o la presión del mercado, en lugar de una elección artística consciente. Cuando la música se vuelve predecible y homogénea no por diseño, sino por una convergencia de factores que limitan la creatividad y la experimentación. Mi punto de vista es que lo preocupante no es la simplicidad per se, sino la posibilidad de una atrofia de la diversidad y la innovación musical. Necesitamos tanto la complejidad que desafía como la simplicidad que consuela.

Mirando hacia el futuro: ¿hay esperanza para la complejidad?

A pesar de estas tendencias, la historia de la música nos enseña que nada es lineal y que los ciclos son constantes. La creatividad humana es inagotable, y siempre habrá artistas que desafíen las convenciones, exploren nuevas fronteras y creen música compleja y desafiante.

  • Nichos y comunidades: Las mismas plataformas de streaming y las redes sociales que promueven la simplicidad también permiten la existencia y el crecimiento de nichos especializados. Géneros experimentales, música clásica contemporánea, jazz de vanguardia y otras formas de música compleja encuentran audiencias dedicadas que valoran la profundidad y la innovación. Plataformas como Bandcamp, por ejemplo, son un refugio para artistas que buscan más control y una conexión directa con sus oyentes, a menudo priorizando la experimentación sobre el éxito masivo.
  • Educación musical: La formación de nuevos músicos y oyentes es crucial. Programas educativos que fomenten la teoría musical, la historia de la música y la escucha activa pueden cultivar una apreciación por la complejidad y la diversidad.
  • Contracultura y ciclos: A menudo, las tendencias dominantes generan movimientos contraculturales. Es probable que, a medida que la música pop se vuelve cada vez más simplificada, surjan movimientos underground o alternativos que busquen deliberadamente la complejidad, la experimentación y la ruptura con lo establecido.
  • La crítica y el periodismo musical: Un periodismo musical riguroso y una crítica bien informada pueden desempeñar un papel vital en la puesta en valor de la música que se atreve a ser diferente y en la educación del público.

En conclusión, el estudio confirma que la música se ha simplificado, y que el streaming es un factor influyente, pero no el único. Es un reflejo de una intersección de fuerzas tecnológicas, económicas y culturales que han moldeado la forma en que creamos, distribuimos y consumimos música. Reconocer esta tendencia no es una condena, sino una invitación a la reflexión. Como oyentes, tenemos el poder de buscar y apoyar la diversidad. Como creadores, tenemos la responsabilidad de explorar y desafiar. La complejidad no ha desaparecido, simplemente ha encontrado nuevos rincones y nuevas formas de manifestarse, esperando ser descubierta por quienes estén dispuestos a escuchar más allá de lo obvio.

Diario Tecnología