El mercado mira a 2026 con calma, pero con la duda sobre la liquidez

El horizonte económico está sembrado de paradojas, y una de las más intrigantes que capta la atención de analistas e inversores es la aparente serenidad con la que el mercado financiero afronta el año 2026, a pesar de una latente y persistente preocupación sobre la liquidez global. En un entorno que ha vivido turbulencias sin precedentes en la última década —desde crisis financieras hasta pandemias y conflictos geopolíticos—, esta dualidad de calma proyectada y ansiedad subyacente nos invita a una reflexión profunda sobre los cimientos de la estabilidad económica futura. ¿Es esta calma una señal de resiliencia genuina o un mero espejismo que oculta riesgos sistémicos aún por manifestarse? La respuesta a esta pregunta no es sencilla, y la incógnita de la liquidez se erige como el factor determinante en la ecuación.

La aparente calma del presente

El mercado mira a 2026 con calma, pero con la duda sobre la liquidez

Después de un período marcado por una inflación galopante y la agresiva respuesta de los bancos centrales con subidas de tipos de interés, los mercados parecen haber encontrado un punto de equilibrio. Los datos recientes sugieren una moderación de la inflación en muchas economías desarrolladas, acercándose a los objetivos del 2% establecidos por instituciones como el Banco Central Europeo o la Reserva Federal. Esta desinflación, combinada con un crecimiento económico que, si bien es modesto, ha evitado una recesión generalizada más profunda de lo anticipado, ha insuflado un aire de optimismo cauto entre los participantes del mercado. Los inversores parecen haber descontado gran parte de las alzas de tipos y ahora se centran en el cuándo y el cómo de los eventuales recortes, lo que ha estabilizado la renta fija y permitido una recuperación en la renta variable.

Esta percepción de tranquilidad se ve reforzada por la expectativa de que las grandes potencias económicas, especialmente Estados Unidos, puedan lograr un "aterrizaje suave" —una desaceleración que controle la inflación sin provocar una contracción económica severa. Los informes de ganancias corporativas, aunque dispares, no han señalado un colapso inminente, y el mercado laboral, pese a cierta flexibilización, sigue mostrando resiliencia. Todo esto contribuye a un escenario en el que la volatilidad extrema de los años anteriores ha cedido el paso a un movimiento más mesurado de los activos. En mi opinión, esta fase de menor agitación es bienvenida, pero no debemos confundirla con la ausencia de riesgo. Es un momento en que la superficie está en calma, pero las corrientes subyacentes pueden estar cambiando de dirección de forma silenciosa, y es precisamente en esas corrientes donde la cuestión de la liquidez cobra una importancia capital.

El horizonte de 2026: ¿por qué este año?

La elección de 2026 como punto de referencia no es aleatoria. Varios factores clave convergen para convertirlo en un año particularmente significativo en la hoja de ruta económica y financiera global. En primer lugar, es el año en el que muchas de las políticas fiscales y monetarias extraordinarias implementadas durante la pandemia y las subsiguientes crisis comenzarán a mostrar sus efectos más profundos y permanentes. La retirada gradual de los programas de compra de activos por parte de los bancos centrales, así como la normalización de los tipos de interés, se espera que estén bastante avanzadas para entonces, transformando el paisaje de la financiación y la inversión.

Además, 2026 se sitúa en un punto medio para la revisión de importantes marcos regulatorios financieros, como las últimas fases de la implementación de Basilea III, que tienen implicaciones directas en la capacidad de los bancos para prestar y en la formación de capital. Políticamente, el ciclo electoral en grandes economías como Estados Unidos, con las elecciones presidenciales de 2024 y las legislativas de 2026, así como movimientos políticos significativos en Europa, puede generar nuevas agendas fiscales y comerciales que impacten la confianza y la inversión global. El proceso de desglobalización o relocalización de cadenas de suministro, acelerado por la pandemia y las tensiones geopolíticas, también podría estar más consolidado para entonces, redefiniendo los flujos de capital y el comercio internacional. Es un año que se percibe como una bisagra, donde muchas de las tendencias actuales se habrán decantado y consolidado, o, por el contrario, habrán colisionado con realidades imprevistas.

La sombra de la liquidez: una preocupación creciente

Definición y relevancia de la liquidez en el mercado

Para entender la magnitud de esta preocupación, es fundamental comprender qué significa la liquidez en el contexto del mercado financiero. La liquidez de mercado se refiere a la facilidad con la que un activo puede ser comprado o vendido sin afectar significativamente su precio. Un mercado líquido es aquel donde hay un alto volumen de operaciones y muchos compradores y vendedores dispuestos, lo que permite ejecutar transacciones de forma rápida y eficiente, sin grandes oscilaciones de precios. Por el contrario, un mercado ilíquido se caracteriza por la dificultad para encontrar contrapartes, lo que puede llevar a que los activos deban venderse a precios muy por debajo de su valor intrínseco o a que no encuentren comprador.

La liquidez es el lubricante del sistema financiero. Sin ella, los engranajes se atascan, las transacciones se ralentizan y los precios se vuelven erráticos. Es esencial para la estabilidad financiera, ya que permite a los inversores ajustar sus carteras, a las empresas financiar sus operaciones y a los bancos gestionar sus balances. Una caída abrupta de la liquidez puede desencadenar un "credit crunch", donde la financiación se vuelve escasa y cara, con consecuencias devastadoras para la economía real.

Factores que podrían erosionar la liquidez hacia 2026

Hay varias fuerzas convergentes que podrían erosionar la liquidez del mercado a medida que nos acercamos a 2026. La primera y más obvia es el endeudamiento global, que ha alcanzado niveles récord tanto en el sector público como en el privado. Gobiernos de todo el mundo han acumulado montañas de deuda para financiar sus respuestas a las crisis, y las empresas también han aprovechado los tipos bajos para endeudarse. A medida que los tipos de interés suben y la refinanciación se encarece, la capacidad para mantener o adquirir esta deuda podría verse comprometida, ejerciendo presión sobre los mercados de bonos.

En segundo lugar, la retirada de los estímulos monetarios por parte de los bancos centrales es un factor crucial. Durante años, la flexibilización cuantitativa (QE) inyectó liquidez masiva en el sistema, comprando bonos y manteniendo los tipos bajos. Ahora, con el endurecimiento cuantitativo (QT) y la reducción de sus balances, la "oferta" de dinero fácil está disminuyendo. Menos dinero en el sistema significa menos capacidad para los intermediarios financieros de absorber grandes volúmenes de activos en situaciones de estrés. Un informe del BCE sobre el impacto de la normalización monetaria ya ha advertido sobre los posibles efectos en la liquidez.

Un tercer factor son las nuevas regulaciones financieras. Si bien Basilea III y otras normativas similares, como MiFID II, tienen como objetivo reforzar la resiliencia del sistema bancario, también pueden limitar la capacidad de los bancos para actuar como creadores de mercado, es decir, para mantener inventarios de bonos y facilitar el comercio. Las estrictas exigencias de capital y liquidez pueden incentivar a los bancos a reducir sus tenencias de activos menos líquidos y a ser más selectivos en sus operaciones, lo que disminuye la profundidad del mercado. Es una espada de doble filo: más seguridad para los bancos, pero potencialmente menos liquidez para el mercado en general. Puedes profundizar en las implicaciones de estas regulaciones en el sitio web del Banco de Pagos Internacionales (BIS).

Finalmente, los riesgos geopolíticos y la fragmentación económica global añaden otra capa de incertidumbre. La guerra en Ucrania, las tensiones entre EE. UU. y China, y otras fricciones regionales pueden llevar a una desconfianza generalizada, a la repatriación de capitales y a la aversión al riesgo, lo que naturalmente reduce la disposición de los inversores a mantener activos menos líquidos o en jurisdicciones percibidas como menos seguras. Esta fragmentación podría exacerbar los problemas de liquidez, especialmente en los mercados emergentes, que suelen ser los primeros en sufrir fugas de capital en tiempos de incertidumbre global.

Consecuencias de una contracción de la liquidez

Si la liquidez se contrae significativamente, las repercusiones podrían ser profundas y de gran alcance. La consecuencia más inmediata sería un aumento de la volatilidad. Con menos participantes dispuestos a comprar o vender, incluso una orden de tamaño moderado podría mover los precios de forma drástica, generando inestabilidad y desconfianza. Esto haría que los mercados fueran más difíciles de navegar, con implicaciones para la gestión de carteras y la toma de decisiones de inversión.

Además, se dificultaría el acceso a la financiación, especialmente para las empresas más pequeñas o con menor calificación crediticia. Los bancos, ante la escasez de liquidez en el sistema, serían más reacios a prestar, o lo harían a tipos de interés mucho más altos, lo que estrangularía la inversión y el crecimiento económico. Los diferenciales (spreads) entre los precios de compra y venta de los activos se ampliarían, aumentando los costes de transacción y reduciendo la eficiencia del mercado.

La valoración de los activos, en particular aquellos que ya son inherentemente menos líquidos como la deuda corporativa de alto riesgo, los bienes inmuebles comerciales o ciertos tipos de fondos de inversión, se vería directamente afectada. En un entorno de escasez de liquidez, estos activos podrían sufrir fuertes descuentos de precio, llevando a pérdidas significativas para los tenedores y potencialmente a crisis de confianza. En mi opinión, la capacidad de reacción de los mercados ante cualquier shock futuro dependerá críticamente de esta liquidez; si se contrae, podríamos ver movimientos de precios mucho más volátiles y la propagación de cualquier crisis sería más rápida e intensa.

Estrategias y escenarios ante la incertidumbre

Ante este panorama, inversores institucionales, empresas y formuladores de políticas están adoptando diversas estrategias para mitigar los riesgos asociados a una posible contracción de la liquidez. Los gestores de fondos están revisando sus carteras, priorizando la diversificación y una mayor exposición a activos más líquidos o con menor correlación. El análisis de riesgos se ha vuelto más sofisticado, incorporando escenarios de estrés para evaluar el impacto de una caída brusca de la liquidez en sus posiciones. La búsqueda de activos refugio, como el oro o ciertos bonos soberanos de alta calidad, se intensifica en periodos de incertidumbre.

Desde la perspectiva de los bancos centrales y los gobiernos, el debate se centra en cómo asegurar la estabilidad financiera sin reintroducir los excesos del pasado. ¿Podrán los bancos centrales intervenir nuevamente con inyecciones de liquidez si es necesario, o se enfrentarán a limitaciones políticas y de credibilidad? Las políticas fiscales también tienen un papel que desempeñar, equilibrando la necesidad de consolidación de la deuda con la de mantener la inversión pública y el crecimiento. Para 2026, la coordinación internacional será clave. El informe de perspectivas económicas de la OCDE a menudo destaca la importancia de una cooperación global para abordar desafíos como este.

Podemos contemplar diferentes escenarios. Un escenario optimista implicaría que los bancos centrales gestionen la retirada de liquidez de manera tan gradual y transparente que los mercados se adapten sin mayores sobresaltos, logrando un equilibrio entre el control de la inflación y el mantenimiento de la estabilidad. Un escenario intermedio podría ver episodios puntuales de iliquidez en segmentos específicos del mercado, gestionados con intervenciones quirúrgicas de los reguladores. Sin embargo, un escenario más adverso nos llevaría a una contracción severa de la liquidez, desencadenando un "credit crunch" generalizado y una recesión económica más profunda, amplificada por la interconexión de los mercados globales. La posibilidad de un evento disruptivo imprevisto, un "cisne negro" que exponga vulnerabilidades subyacentes, siempre está presente. Por ello, la prudencia y la anticipación son más valiosas que nunca. Los inversores deben estar preparados para la posibilidad de que, incluso en un entorno de aparente calma, las dinámicas de liquidez puedan cambiar rápidamente. Un seguimiento constante de los indicadores macroeconómicos y de los flujos de capital, como los que se pueden encontrar en medios especializados como Financial Times, será esencial.

Conclusión: un equilibrio delicado

El mercado financiero, al mirar hacia 2026, se encuentra en un delicado equilibrio. La calma actual es un respiro bienvenido tras años de agitación, alimentada por la esperanza de una normalización económica y una inflación bajo control. Sin embargo, bajo esta superficie serena, late una preocupación profunda y justificada por la liquidez global. La combinación de una deuda sin precedentes, la retirada de los estímulos monetarios, unas regulaciones financieras más estrictas y las tensiones geopolíticas crea un cóctel que podría mermar significativamente la capacidad de los mercados para absorber shocks futuros.

No se trata de alarmar, sino de fomentar una vigilancia consciente. La liquidez, a menudo subestimada hasta que escasea, es la piedra angular de la estabilidad financiera. La capacidad de los mercados para navegar los desafíos de los próximos años dependerá en gran medida de cómo se gestione esta tensión entre la aparente calma y la incertidumbre subyacente. Los inversores, las empresas y los gobiernos deben estar preparados para adaptarse a un entorno potencialmente menos líquido, priorizando la resiliencia, la prudencia y la visión a largo plazo. El futuro no está escrito, pero la forma en que abordemos hoy la duda sobre la liquidez determinará en gran medida la tranquilidad o la turbulencia de 2026 y más allá.

Diario Tecnología