El universo de Rian Johnson, con su peculiar y brillante detective Benoit Blanc al frente, nos ha vuelto a sumergir en un laberinto de secretos, mentiras y sospechosos con su más reciente entrega, ‘Puñales por la espalda 3: De entre los muertos’. Desde los primeros minutos, la película nos atrapa con una atmósfera cargada de misterio y una premisa que coquetea con lo sobrenatural, solo para recordarnos, una vez más, que la verdad suele ser mucho más prosaica y, a menudo, más retorcida que cualquier fantasía. Esta vez, el escenario es la opulenta y enigmática mansión del renombrado egiptólogo, Dr. Elias Thorne, un hombre cuya vida y obra estaban intrínsecamente ligadas a los misterios del Antiguo Egipto, y cuya muerte se presenta envuelta en el halo de una antigua maldición faraónica. Prepárense para desenmascarar al culpable, desentrañar los motivos ocultos y, como siempre, maravillarse con la aguda perspicacia de Blanc.
Un legado milenario: El enigma de la mansión Thorne
La trama se inicia con el macabro descubrimiento del Dr. Elias Thorne, encontrado sin vida en su estudio, un santuario personal repleto de artefactos invaluables y jeroglíficos ancestrales. Thorne, un egiptólogo de renombre mundial, había anunciado recientemente el descubrimiento de la tumba perdida de un faraón menor, un hallazgo que, según él, venía acompañado de una advertencia: una antigua maldición que protegía el lugar. Su muerte, aparentemente ritualística y con un puñal ceremonial clavado cerca de su cuerpo, no hace más que alimentar las especulaciones sobre la veracidad de dicha maldición, sembrando el pánico entre los escasos habitantes de su remota propiedad.
La mansión, una fortaleza de piedra y cristal enclavada en un paisaje desértico, es un personaje más en esta intrincada historia. Cada pasillo, cada vitrina y cada pieza de arte antiguo parece guardar un secreto, reflejando la compleja personalidad de Thorne: brillante, obsesivo y, para algunos, tirano. La llegada de Benoit Blanc a este microcosmos de sospechosos es la promesa de que la lógica, no la superstición, será la clave para resolver el enigma.
Entre los sospechosos iniciales se encuentran aquellos más cercanos al Dr. Thorne, personas cuyas vidas giraban en torno a su órbita y que, de una forma u otra, se beneficiarían de su desaparición. Está la Dra. Anya Sharma, su ambiciosa protegida y colaboradora principal, quien no solo se perfila como la heredera natural de su investigación, sino también de su cátedra y de su prestigio en el mundo de la egiptología. Su devoción por Thorne parecía inquebrantable, pero ¿esconde algo más su aparente dolor?
Luego tenemos a Marcus Thorne, el sobrino distanciado del fallecido, un artista bohemio con deudas crecientes y un historial de desencuentros con su tío. Marcus siempre sintió la sombra de Elias, y ahora, ante la perspectiva de una herencia significativa, su comportamiento ambiguo lo convierte en un candidato obvio. ¿Podría la avaricia haberlo llevado a cometer un acto tan desesperado?
Eleanor Vance, la inmaculada administradora de la finca, es otro personaje fundamental. Conocedora de todos los rincones de la mansión y de los secretos de Thorne, su lealtad al difunto parece absoluta. Sin embargo, su conocimiento profundo de las operaciones internas y su control sobre el día a día la convierten en una figura poderosa y potencialmente peligrosa. ¿Qué vio Eleanor? ¿Qué oculta detrás de su fachada de profesionalismo imperturbable?
Finalmente, se nos presentan al Prof. Ben Carter, un egiptólogo rival que había desacreditado públicamente los últimos hallazgos de Thorne, acusándolo de charlatán. Su presencia en la mansión, justo antes de la muerte, supuestamente para verificar las pruebas del descubrimiento, es una coincidencia demasiado grande para ignorarla. Y, por último, Lena Petrova, una enigmática restauradora de arte que había sido contratada por Thorne para un proyecto secreto y de quien se sabe muy poco. Su misteriosa naturaleza y su aparición tardía en la vida del doctor sugieren que su papel podría ser mucho más relevante de lo que parece a simple vista.
La autopsia de un crimen: Primeras impresiones y pistas falsas
La escena del crimen en sí misma es un estudio en la misdirection. El Dr. Thorne yace en su escritorio, rodeado de pergaminos, artefactos y el famoso puñal ceremonial. La combinación de estos elementos grita "maldición" o "ritual" a primera vista, un claro intento de desviar la atención hacia lo sobrenatural. Los primeros investigadores, obnubilados por la narrativa de la maldición y el contexto egiptológico, inicialmente consideran la posibilidad de un ataque místico o, al menos, un ataque con una fuerte carga simbólica.
Pero Benoit Blanc, con su característica calma y su aguda mirada, no se deja engañar por las apariencias. Su primera tarea es despojar el caso de cualquier capa de misticismo. "Las maldiciones, mi estimado, son para los libros de historia y las películas de serie B", sentencia con su acento sureño, "los hombres, en cambio, tienen motivos y manos". Su atención se centra en los detalles que otros pasan por alto: la disposición precisa de los objetos, la ausencia de signos de forcejeo significativos y la expresión en el rostro de Thorne, que no es de terror, sino de una realización amarga.
Blanc rápidamente identifica varias pistas falsas diseñadas para enredar la investigación. El puñal ceremonial, tan prominentemente colocado, es demasiado obvio. Un asesino astuto no usaría un arma tan llamativa y con un vínculo tan directo con la "maldición" si quisiera pasar desapercibido. Más bien, su presencia sugiere un intento deliberado de incriminar a alguien con inclinaciones a lo ritualístico o, más probablemente, de desviar la atención del verdadero método de asesinato.
Los interrogatorios revelan más capas de engaño. El Prof. Ben Carter, aunque rival de Thorne, posee una coartada sólida y, lo que es más importante, carece de la motivación para un asesinato tan elaborado; su objetivo era desacreditar a Thorne profesionalmente, no eliminarlo físicamente. Marcus Thorne, por su parte, confiesa haber discutido acaloradamente con su tío por dinero la noche del crimen, pero su historia de haberse marchado frustrado y embriagado se sostiene con pruebas circunstanciales, aunque no irrefutables. La "desaparición" temporal de un pequeño pero valioso amuleto del estudio de Thorne es otro señuelo, sugiriendo un robo que salió mal, pero Blanc sospecha que es un desvío de la verdadera intención del criminal. El detective es consciente de que, en estos casos, lo más obvio suele ser lo menos cierto.
Desentrañando los secretos: Las motivaciones ocultas
A medida que Blanc profundiza, los verdaderos motivos y las complejas relaciones entre los habitantes de la mansión Thorne comienzan a emerger, revelando que todos tienen algo que ocultar, aunque no sea el asesinato en sí.
Dr. Anya Sharma: La ambición velada
La Dra. Anya Sharma es, a primera vista, la devota discípula de Thorne. Su dolor parece genuino, su preocupación por el legado del doctor, palpable. Sin embargo, Blanc percibe una tensión subyacente, una ambición que pugna por salir a la superficie. Anya había pasado años bajo la sombra de Thorne, su talento y sus ideas a menudo eclipsados por la personalidad dominante de su mentor. La muerte de Thorne, aunque trágica, la liberaba de esa sombra y la catapultaba a la posición de líder en su campo. Se descubre que Anya había estado desarrollando sus propias teorías, algunas de las cuales contradecían las de Thorne, y que había tenido roces con él sobre la dirección de futuras excavaciones. Su impecable fachada empieza a agrietarse. A mi parecer, este tipo de personaje, la mano derecha con ambiciones ocultas, siempre es un sospechoso fascinante en un misterio.
Marcus Thorne: Sombras del pasado y deudas presentes
El sobrino, Marcus, es un alma atormentada por el fracaso y las deudas. Su resentimiento hacia su tío, quien a menudo lo humillaba por su falta de dirección en la vida, era bien conocido. Las discusiones por la herencia eran frecuentes, y Marcus no ocultaba su esperanza de que la muerte de su tío le resolviera sus problemas económicos. Su coartada, aunque plausible, dependía de la palabra de unos pocos contactos dudosos. La presión financiera, un motivo clásico, siempre es un fuerte contendiente en la mente de Blanc, pero a menudo es demasiado predecible.
Eleanor Vance: La guardiana de los secretos
Eleanor Vance, la administradora, es la encarnación de la discreción. Había trabajado para Thorne durante décadas, conociendo cada rincón de la mansión y cada capricho de su empleador. Su lealtad parecía inquebrantable, y su conocimiento de los asuntos personales y profesionales de Thorne era enciclopédico. Sin embargo, Blanc nota que Eleanor es excesivamente protectora con ciertos archivos y documentos, sugiriendo que estaba ocultando información, no necesariamente sobre el asesinato, sino sobre irregularidades pasadas de Thorne o de la propia gestión de la finca. La saga de 'Puñales por la espalda' siempre juega con la idea de que los secretos no solo están en la superficie.
Prof. Ben Carter: El escéptico y el oportunista
El Prof. Ben Carter, el rival de Thorne, es una figura de resentimiento profesional. Había llegado a la mansión con la intención de desenmascarar a Thorne, convencido de que su "descubrimiento" era una farsa. Si bien su rivalidad era intensa, su motivación era la vindicación académica, no el asesinato. Su testimonio inicial, aunque defensivo, apuntaba a una posible conspiración dentro del equipo de Thorne, algo que Blanc no descarta por completo. Su rol es más el de un catalizador de sospechas que el de un verdadero culpable.
Lena Petrova: La pieza desconocida
Lena Petrova, la restauradora, es un comodín. Contratada en secreto por Thorne justo antes de su muerte, nadie sabe realmente cuál era su función exacta. Lena es reservada, casi evasiva, y sus respuestas a las preguntas de Blanc son vagas. Se sospecha que estaba involucrada en un proyecto de autentificación de un artefacto extremadamente raro y valioso, un proyecto que Thorne mantenía en estricto secreto. ¿Estaba Lena ayudando a Thorne a desvelar un fraude, o era parte de él? Su misterio añade una capa extra de intriga. El mundo del contrabando de arte y las falsificaciones es vasto y peligroso.
El giro decisivo: La revelación del verdadero asesino
Después de un meticuloso análisis de las pruebas, los testimonios y, sobre todo, de las reacciones humanas, Benoit Blanc convoca a todos los sospechosos en el salón principal de la mansión, el mismo lugar donde la historia de la maldición había cobrado vida. Con su calma característica, desvela la verdad, que, como es costumbre en estas historias, se esconde a plena vista.
La mente maestra detrás del velo de la antigüedad
El asesino es la Dra. Anya Sharma.
El shock recorre la sala. Anya, la leal protegida, la aparente víctima de las circunstancias, es la mente maestra detrás del crimen. Su ambición, disfrazada de devoción, la había llevado a un camino oscuro.
El arma secreta: Una maldición muy real
El "puñal ceremonial" en la escena del crimen era, como Blanc había sospechado, una elaborada distracción. El Dr. Thorne no murió por una herida de arma blanca. Murió envenenado. El arma del crimen fue una neurotoxina, extremadamente potente y de acción rápida, derivada de ciertos componentes botánicos utilizados en antiguos procesos de embalsamamiento egipcio. Thorne había estado investigando estas sustancias, no solo por su relevancia histórica, sino también por sus propiedades químicas únicas, advirtiendo sobre sus peligros.
Anya administró la toxina a Thorne en una bebida, probablemente un té o una infusión que él solía tomar antes de retirarse. La toxina imitaba los síntomas de un ataque cardíaco o un derrame cerebral, una muerte que, en un hombre de la edad y el estilo de vida de Thorne, no habría levantado sospechas. La Dra. Sharma, con su profundo conocimiento de la egiptología y la investigación de Thorne, sabía exactamente qué sustancia usar y cómo hacerlo para que pareciera una muerte natural, o al menos, una muerte ligada a la "maldición" o a su propia investigación. Las neurotoxinas son sustancias fascinantes y peligrosas.
El móvil: Engaño, ambición y un secreto milenario
El verdadero móvil detrás del asesinato era proteger un secreto mucho más grande y lucrativo que el mero legado académico. La Dra. Anya Sharma había estado involucrada en un sofisticado esquema de contrabando y falsificación de artefactos antiguos durante años. Utilizaba sus viajes y conexiones en excavaciones para traficar piezas auténticas y, en ocasiones, incluso para "autenticar" falsificaciones brillantes, manipulando informes y sellos para aumentar su valor en el mercado negro. Thorne estaba a punto de descubrirlo.
La "tumba perdida" que Thorne había anunciado era, de hecho, un catalizador. Thorne había comenzado a sospechar de irregularidades en otras "adquisiciones" de artefactos que Anya había gestionado en el pasado. Su investigación sobre las toxinas de embalsamamiento lo llevó a revisar ciertos artefactos de esas adquisiciones, y fue entonces cuando encontró evidencias de manipulación y, crucialmente, de la toxina en una de las "falsificaciones" que Anya había intentado colar en su colección personal, probando su participación en el contrabando y la fabricación de réplicas.
Thorne, al darse cuenta de la traición y la magnitud del engaño, había confrontado a Anya esa noche. La discusión no fue solo sobre su ambición, sino sobre el descubrimiento de su actividad criminal. Anya, acorralada y ante la inminente exposición que destruiría su carrera y la llevaría a la cárcel, actuó con desesperación. Utilizó la misma toxina que Thorne había estado investigando, sabiendo que la escena podía ser manipulada para parecer una maldición o un accidente relacionado con sus estudios. El puñal ceremonial fue colocado para reforzar la narrativa de la "maldición", un macabro toque final para una mentira ingeniosa. La idea de una maldición del faraón siempre ha cautivado la imaginación.
Las últimas piezas del puzle: Consecuencias y reflexiones
Blanc demostró la culpabilidad de Anya a través de una serie de evidencias sutiles. Primero, la inconsistencia en su relato sobre la última conversación con Thorne, donde su aparente dolor eraconde un momento de pánico. Segundo, la identificación de la neurotoxina específica en muestras de tejidos del Dr. Thorne, realizada por un experto forense convocado por Blanc, que era casi idéntica a los residuos encontrados en el mango de una copa de té personal de Thorne que Anya había manipulado. Finalmente, una pequeña nota garabateada por Thorne en el reverso de un mapa antiguo, encontrada por Blanc oculta bajo el escritorio, que decía: "A.S. - toxinas. Engaño.". Un último y desesperado intento de su víctima por dejar una pista, que Anya había pasado por alto al limpiar la escena.
La revelación de Anya no solo impacta a los demás sospechosos, sino que desmantela todo el prestigio de la institución académica y el mundo del arte. Marcus Thorne, aunque aliviado de ser inocente del asesinato, debe confrontar la realidad de que su tío, a pesar de sus defectos, estaba en el camino de desvelar una verdad importante. Eleanor Vance se siente culpable por no haber notado las señales, y el Prof. Carter, aunque vindicado en su escepticismo sobre ciertos aspectos del trabajo de Thorne, lamenta que su colega haya sido víctima de su propia ambición.
En mi opinión, el giro de Anya como asesina fue brillante. La película juega con nuestras expectativas, presentándola como la víctima más obvia de la situación y, sin embargo, nos entrega un personaje cuya ambición la corrompió de una manera tan astuta que utilizó el propio campo de estudio de su mentor como arma y como velo para su crimen. La forma en que la "maldición" se transforma en una herramienta humana es un sello distintivo de la saga de ‘Puñales por la espalda’ y, en esta entrega, se ejecuta con maestría. Rian Johnson se consolida como un maestro del género.
Un final que reafirma el legado de 'Puñales por la espalda'
‘Puñales por la espalda 3: De entre los muertos’ cumple con creces las expectativas, no solo al ofrecer un misterio ingenioso y lleno de giros, sino también al profundizar en temas como la avaricia, la ambición y la fragilidad de la reputación. La película nos recuerda que, a menudo, la verdad es mucho más inquietante que cualquier fantasía, y que los monstruos más grandes se esconden entre nosotros, con la apariencia de seres queridos o colegas de confianza. Benoit Blanc, con su inconfundible estilo, nos guía a través del laberinto, demostrando una vez más que su perspicacia es la brújula más fiable en un mundo de engaños. Un final que, sin duda, dejará a los espectadores reflexionando sobre la naturaleza humana y los secretos que estamos dispuestos a guardar, incluso de entre los muertos.
Puñales por la espalda 3 De entre los muertos Benoit Blanc Crimen y misterio