El mundo de la tecnología, a menudo percibido como una esfera de innovación incesante y crecimiento exponencial, no es inmune a las fuerzas del mercado m
En un giro inesperado que resuena en los ecos de Wall Street y las salas de juntas de Silicon Valley, los fondos de pensiones británicos, tradicionalmente inversores prudentes y a largo plazo, han comenzado a liquidar agresivamente sus posiciones en acciones de empresas tecnológicas de alto perfil. La motivación principal detrás de esta desinversión masiva, según fuentes internas y análisis de mercado, no es otra que el creciente temor a una burbuja especulativa en torno a la inteligencia artificial (IA). Este movimiento podría tener repercusiones significativas para el sector tecnológico y para la propia dinámica de inversión global.
Recordamos con cierta nostalgia y, para muchos, con un pellizco en el bolsillo, aquellos años de la pandemia y la explosión de la minería de criptomonedas, donde conseguir una tarjeta gráfica a un precio razonable era poco menos que una utopía. El mercado de componentes de PC se convulsionó, y el usuario final fue quien pagó las consecuencias de una escasez sin precedentes y una especulación rampante. Sin embargo, cuando creíamos que esa tormenta había amainado, o al menos se había retirado a aguas más calmadas, un nuevo frente se abre en el horizonte de la tecnología, amenazando con una réplica económica que podría ser igual de devastadora, o incluso peor, dada la universalidad del componente afectado. Hoy, la alarma no suena por la GPU, sino por un elemento aún más fundamental en cualquier sistema informático: la memoria RAM. Este componente esencial ha experimentado un alza de precios que ha sorprendido a propios y extraños, llegando a doblar su valor en un corto periodo, y lo que es más preocupante, los analistas y los propios fabricantes sugieren que esto no ha hecho más que empezar. Estamos ante un nuevo desafío para consumidores, empresas y el sector tecnológico en general.