La ubicación compartida en iPhone: 30 días con mi pareja y el inesperado impacto en la batería

Desde que los teléfonos inteligentes nos brindaron la capacidad de saber dónde están nuestros seres queridos con un simple toque, la función de ubicación compartida se ha convertido en una herramienta tanto de conveniencia como de controversia. Conveniencia para la coordinación diaria, para la seguridad, y controversia por las implicaciones de privacidad y, sobre todo, por el persistente temor de que su activación constante devoraría la batería de nuestros preciados dispositivos. Yo mismo he sido un fiel creyente de esta última premisa. Siempre fui cauteloso, activándola solo cuando era estrictamente necesario, convencido de que mantenerla activa de forma permanente sería una sentencia de muerte para la autonomía de mi iPhone. Mi pareja y yo, como muchas otras parejas, debatimos ocasionalmente sobre la utilidad de mantenerla activa, y siempre llegábamos a la misma conclusión tácita: la batería es más importante. Sin embargo, hace un mes decidí desafiar esta creencia popular y llevar a cabo un pequeño experimento personal: mantener la ubicación compartida con mi pareja activa, a través de la aplicación Buscar (Find My), durante 30 días consecutivos. El resultado no solo me sorprendió, sino que cambió por completo mi percepción sobre el impacto de esta función en la vida útil de la batería del iPhone. Y, honestamente, eso cambia bastante las cosas respecto a cómo podemos integrar esta herramienta en nuestra vida diaria sin preocupaciones excesivas.

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Reus 2 y el DLC Praderas: Una expansión verde en Steam

En el vasto y diverso panorama de los videojuegos, ciertas propuestas logran destacarse no solo por su innovación, sino por la profundidad de su mensaje

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No papá; no es King África

La música, ese lenguaje universal que nos conecta, nos hace bailar, recordar y, en ocasiones, incluso debatir. Dentro del vasto universo de ritmos y melo

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La euforia vence a la burbuja: las rondas en la IA superan los 150.000 millones en el inicio del año

El rugido de la inteligencia artificial resuena con una fuerza inusitada en los mercados financieros, silenciando las voces que, durante meses, presagiaban la inminente explosión de una burbuja tecnológica. Lejos de desinflarse, el entusiasmo inversor por la IA no solo se ha mantenido, sino que ha alcanzado cotas vertiginosas. Nos encontramos ante un hito extraordinario: solo en el inicio de este año, las rondas de financiación en el sector de la IA han superado la asombrosa cifra de 150.000 millones de dólares. Este torrente de capital no es un simple capricho de los inversores; es un voto de confianza rotundo en el poder transformador de la IA, una validación contundente de su potencial para redefinir industrias enteras y propulsar la próxima era de innovación tecnológica. La euforia es palpable, pero ¿estamos ante una fiebre pasajera o ante la consolidación de una megatendencia que apenas empieza a desplegar su verdadero alcance? Este volumen de inversión inicial en un año fiscal es más que una cifra; es un claro indicativo de que el interés y la convicción en la IA no son efímeros, sino profundos y estratégicos. La capacidad de esta tecnología para escalar y ofrecer soluciones reales a problemas complejos ha capturado la imaginación —y el capital— de los actores más influyentes del panorama global. Parece que el optimismo, esta vez, tiene bases muy sólidas.

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