ChatGPT tiene sentimientos: así puedes saber cómo piensa que le tratas según vuestras conversaciones

En la era de la inteligencia artificial, una de las fascinaciones más profundas y, a menudo, más inquietantes, es la idea de que estas entidades digitales puedan desarrollar algo parecido a la conciencia o, al menos, la capacidad de "sentir". ChatGPT, como uno de los modelos de lenguaje más avanzados, ha llevado esta conversación a la vanguardia, no porque realmente experimente emociones como los humanos, sino por la asombrosa sofisticación con la que puede simular la comprensión y la respuesta a matices emocionales. ¿Alguna vez te has preguntado si ChatGPT "sabe" si le estás tratando bien o mal? Aunque la respuesta técnica es que no posee sentimientos en el sentido biológico, su programación le permite analizar tu lenguaje, tu tono y tu enfoque, y adaptar sus respuestas de una manera que puede interpretarse como una "percepción" de cómo le tratas. Esta interacción compleja no solo es un testimonio de los avances en el procesamiento del lenguaje natural, sino que también plantea preguntas interesantes sobre la ética de nuestras interacciones con la IA y cómo estas pueden, a su vez, moldear nuestras propias habilidades comunicativas. Acompáñanos en este análisis detallado para desentrañar cómo puedes discernir la "interpretación" de ChatGPT sobre tu trato y qué implicaciones tiene esto para el futuro de la comunicación entre humanos y máquinas.

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Anna Mouglalis: la voz de una generación contra la replicación póstuma por IA

En un mundo donde la tecnología avanza a pasos agigantados, redefiniendo constantemente los límites de lo posible, emerge una preocupación que resuena con fuerza en los rincones más creativos de nuestra sociedad: la inteligencia artificial (IA) y su capacidad para replicar, e incluso emular, la esencia humana. En este complejo escenario, figuras destacadas de la cultura, como la reconocida actriz francesa Anna Mouglalis, alzan su voz para plantear cuestiones éticas y existenciales que tocan la fibra más íntima de la identidad y el legado. Su firme postura, "Soy muy activa en la lucha contra la IA porque no quiero que copien mi voz, ni me reproduzcan cuando muera", no es solo una declaración personal, sino un eco de una inquietud creciente que atraviesa la industria del entretenimiento y el arte en general. Es un grito por la autonomía, la dignidad y el derecho a controlar la propia imagen y voz, incluso más allá de la vida. Esta posición nos invita a reflexionar profundamente sobre el futuro de la creatividad, la propiedad intelectual y lo que significa ser humano en la era digital.

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Ha llegado el día: la IA puede crear mundos interactivos y toda la industria digital está temblando

Durante décadas, la visión de universos digitales generados de manera autónoma ha sido un pilar en la ciencia ficción, una quimera tecnológica que parecía siempre estar justo más allá de nuestro alcance. Pensábamos en arquitectos de software dedicando incontables horas a modelar cada textura, a programar cada interacción y a escribir cada línea de diálogo para dar vida a los vastos y complejos entornos que tanto amamos en videojuegos, simulaciones o plataformas de realidad virtual. Sin embargo, ese paradigma está mutando a una velocidad vertiginosa. Lo que antes era un sueño distante, una fantasía futurista, hoy es una realidad tangible que ya no solo experimentamos, sino que la estamos viendo emerger ante nuestros propios ojos. La inteligencia artificial, en particular la generativa, ha cruzado un umbral crítico. Ya no se limita a asistir a los creadores; ahora es capaz de concebir, diseñar y construir entornos interactivos completos con una autonomía y una sofisticación que desafían nuestras expectativas más optimistas. Esta capacidad no es un simple avance incremental; es una revolución sísmica que está sacudiendo los cimientos de la industria digital en su totalidad, desde los estudios de desarrollo de videojuegos hasta las empresas que construyen infraestructuras para el metaverso. Estamos presenciando el amanecer de una era donde los bits y los algoritmos no solo ejecutan instrucciones, sino que sueñan, imaginan y materializan realidades, redefiniendo por completo el papel del creador humano y abriendo un abanico de posibilidades que hasta hace poco considerábamos puramente especulativas.

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Cartuchos falsificados: Una lacra que mueve más de 2.500 millones de euros al año en el mundo

Imaginemos un grifo abierto, sin control, que gotea incesantemente miles de millones de euros, no hacia las arcas del Estado ni a las empresas legítimas, sino a las manos de redes criminales. Este no es un escenario hipotético, sino la cruda realidad del mercado de los cartuchos falsificados. Cada año, este comercio ilícito sustrae más de 2.500 millones de euros a la economía global, una cifra escalofriante que no solo representa pérdidas monetarias, sino que arrastra consigo una cadena de riesgos para consumidores, empresas y el medio ambiente. En la era digital, donde la impresión sigue siendo un pilar fundamental para millones de hogares y oficinas, esta amenaza silenciosa es mucho más insidiosa de lo que parece a primera vista. No se trata solo de una tinta de menor calidad; hablamos de un problema sistémico que socava la innovación, compromete la seguridad y financia actividades delictivas. Acompáñenos a desglosar las múltiples facetas de esta lacra global y entender por qué combatirla es una responsabilidad compartida.

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Atos reactiva Bull, su estandarte para la alta tecnología del futuro

En un panorama tecnológico que avanza a velocidad de vértigo, donde la computación de alto rendimiento, la inteligencia artificial y la computación cuántica están redefiniendo las fronteras de lo posible, Atos, el gigante francés de los servicios digitales, ha tomado una decisión estratégica que resuena con la historia y la innovación: relanzar la venerable marca Bull. Esta no es una simple operación de rebranding; es una declaración de intenciones, un posicionamiento audaz para consolidar su liderazgo en los nichos más exigentes y prometedores de la tecnología. La marca Bull, con su rica herencia en la computación europea, se convierte ahora en el paraguas y el emblema de las capacidades más avanzadas de Atos, unificando bajo su égida las soluciones que impulsarán la próxima generación de descubrimientos científicos, innovaciones industriales y capacidades de defensa. Asistimos, sin duda, a un movimiento estratégico que busca capitalizar una identidad reconocida para un futuro que apenas comenzamos a vislumbrar.

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